Diccionario Consultor Espasa.
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¿Para qué ocuparnos de nuestra propia lengua? ¿No aprendimos ya de niños? ¿No sabemos utilizarla perfectamente para defendernos en la vida? Sí, sin duda, todos nosotros, gracias al idioma, podemos ocupar un lugar dentro de esa gran estructura que es la sociedad, fuera de la cual quedaríamos excluidos de la civilización y reducidos, como Robinson, a una existencia puramente individual.
En principio, una lengua es capaz de servir a las necesidades de expresión de todos sus hablantes. Lo que en algún momento le falte sabe suplirlo, unas veces tomando la palabra prestada de otra lengua, otras veces valiéndose de sus recursos de creación propios. Ahora bien, el hecho de que la lengua tenga una capacidad infinita de expresión no quiere decir que toda esa potencia esté de hecho en cada hablan-te. Cada uno posee una parcela de su lengua, suficiente para lo que necesita a diario. Pero esa parcela es la que le han dado su entorno social y su educación. Es, por tanto, variable: existe una desigualdad, a veces grande, entre unos y otros en cuanto al dominio que tienen del idioma común.
Dentro del gran arsenal que constituye la lengua hay que distinguir, en una dimensión horizontal –especial–, varios círculos concéntricos. El más inmediato es el ámbito local: la lengua hablada en una ciudad concreta presenta, con respecto a otras, diferencias tanto más sensibles cuanto mayor es la distancia geográfica que las separa. El segundo círculo es la región: no es igual la forma de hablar en una zona septentrional y en una meridional, o en una zona interior y otra costera, o en la capital y la provincia. El tercero es la nación: las fronteras políticas no dejan de marcar variaciones en cuanto al uso de la lengua común. Y hay otra dimensión, vertical, no menos significativa, constituida por el nivel sociocultural. Es evidente que la forma de vida y el grado de cultura determinan en los hablantes diferencias en cuanto al uso de formas lingüísticas y en cuanto a capacidad de expresión.
Así como en la dimensión horizontal es el círculo más interno, más reducido, el que implica una mayor diversidad, en la dimensión vertical la mayor diversidad se presenta en los estratos más bajos. Como la personalidad lingüística de un individuo se define por la intersección de las dos coordenadas, el factor diversidad será más acusado en las personas confinadas en un ámbito local y con un nivel sociocultural poco desarrollado. Y no hay que perder de vista que, en un instrumento de comunicación como el lenguaje, así como un grado notable de unidad formal favorece el perfecto entendimiento entre los usuarios, la diversidad es un factor negativo, puesto que dificulta y oscurece el intercambio más allá de los límites del entorno personal.
Ese factor de diversidad o peculiaridad no es absolutamente negativo: dentro de sus reducidos límites naturales es perfectamente válido. Es al salir de ellos cuando más que un vehículo de comunicación se convierte en un obstáculo. ¿Cómo puede aspirar a un empleo, reclamar ante las autoridades, declarar ante el juez, redactar cualquier documento formal, hablar en público, cómo puede en cualquier caso manifestarse con la precisión deseada, alguien que no cuente con más medios expresivos que los de su breve espacio vital dentro de la sociedad? ¿Y cómo puede descifrar con eficacia los miles de mensajes que le vienen de fuera: de la información, de la publicidad, de los políticos, de los medios oficiales? No basta comprender a medias, hay que hacer que aflore el sentido pleno de cada mensaje y precaverse ante las sospechosas ambigüedades y los intentos de manipulación por parte de quienes sí conocen bien, para sus propios designios, las armas del lenguaje.
Para vivir en el mundo de hoy y para progresar dentro de la sociedad es preciso contar con una buena competencia lingüística. Es necesario para la persona disponer de un dominio –activo y pasivo– de las formas lingüísticas que la faculte para la mejor intercomunicación con los círculos más amplios y los niveles más altos que sea posible dentro de la lengua. Esto es, dominar las formas más admitidas por todos.
Estos niveles son los del habla de las personas cultas y los de la forma escrita de la lengua, tal como la encontramos en la prensa más prestigiosa del país y, sobre todo, en la literatura. La práctica habitual de la lectura es el mejor medio para adquirir, mantener y ampliar la capacidad lingüística.
Es imprescindible el apoyo del estudio y la reflexión: la aplicación de la mente a considerar lo que nos dicen, cómo nos lo dicen, lo que decimos, cómo lo decimos y cómo sería mejor que lo dijéramos. Y para ayudarnos en esta preciosa y personalísima actividad mental están los libros como este que el lector tiene entre las manos. Un libro de consulta y orientación destinado a ser un medio eficaz para el enriquecimiento de la capacidad práctica del hablante en los dos útiles esenciales de la comunicación: la expresión de lo propio y la comprensión de lo ajeno.
–MANUEL SECO REYMUNDO. Real Academia Española.








