Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Códice Autógrafo, 1568. Edición Facsimilar.
El relato de Bernal Díaz del Castillo da testimonio de la heroicidad de los pueblos nativos, sus divisiones internas y su vocación.
En innumerables pasajes de la Historia verdadera…, se da fe del asombro de los castellanos ante ciudades como la Gran Tenochtitlan y de muchas otras descritas al detalle y bautizadas con nombres ibéricos.
El relato transmite con admirable viveza la resistencia a la invasión militar y cultural, así como la profunda tristeza de tantos pueblos ante la caída de sus dioses y la destrucción de vidas y entornos.
Así se gestó el parto de una nueva civilización en América que, de puño y letra del propio Bernal, quedó plasmada en el Códice autógrafo, documento de singular belleza que se reproduce en el presente volumen…
Bernal Díaz del Castillo fue un hombre singular a quien se debe el relato histórico más leído acerca de los inicios del régimen castellano en América: la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, obra reconocida unánimemente por entusiastas y estudiosos como la de mayor mérito en su género.
Y aunque la pretensión de su autor no fue tal, pues menciona sólo haber escrito “…para dejar testimonio ante los suyos de su participación en los sucesos que a la postre modificarían en definitiva la historia del mundo”, logró la fidelidad del relato histórico, estableciendo una lección pionera de indudable vigencia que se convirtió en su principal preocupación.
La prosa de Bernal corre a la par de los ríos que bañan el altiplano de las nuevas tierras, revela la emoción de descubrir un nuevo mundo y un paisaje absolutamente diferente al propio, detalla los sucesos de la hazaña con la sensibilidad que lo conduce a la descripción magistral de la tierra y su gente. Lo hace con acierto y talento de etnógrafo, no exento de buen humor, cuidadoso de la verdad y a la usanza de las modas de la época: los libros de caballería. El quehacer de historiar no lo subordina a la forma literaria sino al arte de escribir bien, un prodigio para aquellos tiempos, que le permite expresar el relato con el perfecto equilibrio que exige el rigor de la ciencia.
El arte de conversar se ha ejercido en los pueblos castellanos como una añeja costumbre que ha venido a formar parte del derrotero de los nuestros. Bernal lo practicó desde la hermana ciudad de Santiago (hoy Antigua) de Guatemala, al pie del Volcán de Agua, donde el viernes 3 de febrero de 1584, a los 84 años, casi ciego, cerró los ojos. Así nació la crónica de la Historia verdadera… Largo fue el tiempo que aquel longevo soldado prodigó a sus descendientes y amigos para contar las hazañas que como autor no alcanzó a ver publicadas.
En el prólogo a su obra, el soldado cronista advierte que los “escritos viciosos” de Francisco López de Gómara fueron la principal fuente del error de los historiadores de la época. Lo mueve, dice, el deseo de transmitir la verdad, de aquella en la que él se asume como celoso cancerbero.
El borrador prístino, también es conocido como Manuscrito Guatemala, ello en virtud de haber sido escrito en aquel hermoso país y quedar resguardado por el Archivo General de Centroamérica, sito en ciudad de Guatemala. No obstante, lo anterior, corresponde a los especialistas emitir juicios sobre la importancia de los trabajos de restauración y conservación que le fueron procurados al documento entre 1951 y 1952 en la Biblioteca del Congreso, Washington, D.C., Estados Unidos, a solicitud del entonces célebre archivista de Guatemala, doctor Joaquín Pardo y cuyos dictámenes se reproducen al final de este volumen.
Al obsequiársenos el privilegio de conocer el documento autógrafo, este volumen convierte la vieja escritura en la nueva y auténtica verdad el texto que nos muestra no se corresponde a cabalidad con las mutilaciones que caracterizan a las versiones que emanan de la impresión primera, mismas que derivan de la conocida como dada a luz por fray Alonso Remón, Madrid, 1632.
El conocimiento y difusión de este documento –patrimonio de la humanidad–, ciertamente será base de nuevas interpretaciones para la historia de nuestros pueblos. Sólo mirarlo y hojearlo será satisfacción para los admiradores del soldado cronista y regalo para los enamorados de la antigua “fabla”.
En el facsímil del documento publicado en 1632 y reproducido en otro de los volúmenes de esta obra, se advierte una virtud tipográfica que engrandece nuestra edición: nos referimos a las apostillas interiores que, a lo largo de los textos, marcan correspondencia estricta con la reproducción de la edición del fraile mercedario. En ese mismo volumen se adiciona un verdadero trabajo de erudición coordinado por esta casa editora con el apoyo de varios especialistas: las variantes de textos, organizadas comparativamente párrafo a párrafo, muestran las diferencias entre el Códice autógrafo, 1568 y la edición impresa de 1632. Ello permite constatar que en este esfuerzo existe un verdadero tributo de fidelidad a la letra, aun cuando el espíritu quede oscurecido o desvinculado de los extravíos que ésta sufre en el correr del tiempo.
Con esta importante y definitiva edición de la obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España se expresa un respetuoso reconocimiento a la heroicidad de las culturas originarias dejando en manos de sus descendientes, de especialistas y de lectores interesados, una obra de la mayor importancia que da fe de aquellos procesos civilizatorios que permiten entender cómo y por qué otros pueblos han participado en la construcción de la América contemporánea.
La primera versión tipográfica de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España fue dada a luz por fray Alonso Remón, Madrid, 1632. En este volumen, al facsímil de ésta lo precede una tabla de “Variantes de textos” que compara los publicados por el fraile mercedario con los del Códice autógrafo. La disposición de dicha tabla facilitará al lector adentrarse de manera simultánea en las alteraciones y le permitirá constatar que entre ellos existen innumerables diferencias. Sin embargo, ambos textos logran admirablemente animar cada figura de esa multitud que se debate, cae o triunfa en los episodios de la epopeya.




