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Sagrada Biblia Ilustrada a Todo Color -Edición 2009-
La Sagrada Biblia traducida por el P. Petisco, insigne profesor jesuita de la Universidad de Salamanca, fue publicada por el Ilustre D. Félix Torres Amat, en el siglo XIX. Gracias a esta versión, que se popularizó ampliamente, los fieles tuvieron acceso pleno a la Escritura, entrando el Libro Sagrado en muchos hogares cristianos de habla hispana. Desgraciadamente, esta presencia no significó, de un modo general, que quienes dispusieran de un ejemplar tuvieran la costumbre de la lectura asidua, ni que un gran número de creyentes tuvieran la Biblia como elemento principal de su biblioteca. Nuestro pueblo no ha desarrollado la afición a la lectura, ni la gente devota ha practicado mayormente la “lectio sacra”. Pero tener la Biblia en casa representa un recurso valiosísimo para entrar en contacto con la misma Palabra de Dios. Dios es un interlocutor expectante cuya voz, yacente en las páginas del Libro, espera nuestra lectura para comunicarnos sus proyectos sobre nosotros, narrarnos los antecedentes de nuestra fe y manifestarnos su amor inquebrantable. La Biblia es un libro de conversación en la que Dios ha tomado la iniciativa, hablando el primero, poniéndose en comunicación con nosotros para que nosotros dialogáramos con Él.
Por eso, una nueva edición de la Biblia, como ésta que ahora se publica, tiene suma importancia porque supone un elemento más para facilitar el diálogo entre Dios y el hombre.
Pero, sobre todo, la Biblia es la historia de este diálogo humano-divino, que se inicia en su primer encuentro, cuando el Creador encomienda a la nueva criatura la reproducción de su especie y la producción de los bienes de la tierra. La trama de esta historia se extiende como la vida misma. Es el camino largo y tortuoso, por el que Dios ha venido a andar con el hombre. Camino que, partiendo del principio mismo del universo, llega al punto de plenitud, cuando Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, vino al mundo para descubrirnos las interioridades de la revelación del Padre, y para iluminar con su doctrina y su vida nuestro diálogo con Dios, hasta llegar al final, en el que “todo sea hecho nuevo”.
Pero, entre la aparición de la Biblia de Torres Amat y la presente edición, ha habido el acontecimiento de los dos Concilios del Vaticano, sobre todo el más cercano, el Concilio Ecuménico Vaticano II que, ya en las primeras sesiones, tuvo empeño en exponer la doctrina de la Iglesia sobre la Revelación y su transmisión, en la Constitución Dogmática Dei Verbum.
Entendernos la expresión “Sagrada Escritura” como la designación del conjunto de libros que la Iglesia reconoce formalmente como inspirados por Dios. Son Palabra de Dios porque lo tienen como Autor principal. Pero tenemos la seguridad de captar su auténtico sentido y su verdad, gracias a la promesa hecha a la Iglesia de ser asistida por el mismo Espíritu que inspiró la Escritura. Pero no nos podemos dispensar de recurrir también, para captar el sentido más afinado del texto sagrado, a todos los testimonios de vida sobre la acción de la Palabra de Dios en el cuerpo del Pueblo de Dios, cuyos testimonios constituyen la Tradición.
Por ello, la Escritura se impone como fuente de una vida inseparable de la verdad. No se nos ha dado la Revelación para satisfacer nuestra curiosidad, sino para conducirnos a la Salvación. La forma más propia e inmediata de realizarlo es la que Dios mismo ha impuesto en la Escritura. Por eso no se puede separar la Escritura de la Tradición, especialmente de la tradición litúrgica. Puesto que al ser la Escritura el primer depósito de la Palabra de Dios dirigida al Pueblo de Dios, es cuando éste se reúne a escuchar a Dios que le habla, y se dispone a responder a sus exigencias y abrirse a sus promesas en la oración y el sacrificio, cuando estará más atento a escucharla como es conveniente. Así como la Escritura ha servido de base a la celebración litúrgica, participando en ésta de una manera viva se nos presentará la oportunidad de escuchar a Dios.
El lector que tiene en sus manos una Biblia, ha de hacerse a la idea de que la Biblia no es un libro más como los otros. Es un conjunto de libros reunidos como en una biblioteca. Han sido compuestos a lo largo de varios siglos y en medio de diferentes civilizaciones muy alejadas de la nuestra. Todo es Palabra de Dios, ciertamente, pero expresada en la forma concreta de múltiples palabras humanas, afectadas por una época y una mentalidad determinadas que nos desorientan y nos turban. Leer la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, produce un efecto muy parecido al que experimentamos en un primer contacto con el mundo oriental. La luz intensa, los vivos colores, las voces estentóreas y los olores penetrantes, nos aturden al principio, pero poco a poco el encanto del Oriente se deja sentir, y bajo su influjo acabamos por encontrar un sentido y un gusto por aquel mundo abigarrado que encubre realidades humanas que nos son muy cercanas. Nos sentimos reproducidos en ellas. Los pecados descritos son nuestros pecados y el afán de redención es nuestro mismo afán. El Dios a quien imploran es nuestro mismo Dios que continúa, hoy todavía, ofreciéndonos su salvación.
Si el Antiguo Testamento había preparado las mentes y los corazones de los judíos a recibir el Evangelio, también ahora nos prepara para una misma finalidad. La Iglesia así lo entiende cuando usa las palabras del Antiguo Testamento en la trama de la Liturgia. Hay una sola Escritura que Cristo unifica, dando a toda ella el sentido. Es cierto que el Antiguo Testamento exige un esfuerzo real, pero nos aportará el beneficio de entender más el Evangelio. Para ello se pide al lector una fe profunda y una inteligencia abierta. Dios ha hablado a los hombres con el lenguaje humano.
La Epístola a los Hebreos refiere, en su comienzo, la acción condescendiente de Dios, inclinándose hacia los hombres para revelarse a sí mismo, mediante hechos y palabras. Primero, a través de las cosas creadas que dan testimonio de Él y, luego, manifestándose a los primeros padres y, después de su caída, a los patriarcas y a los profetas hebreos, hasta enviar a su Hijo. El Verbo Eterno hecho carne completa y cumple la Revelación con su predicación y sus obras, su muerte y su resurrección y enviando el Espíritu Santo. Dios quiso, con la Revelación, comunicarnos aquellas verdades que trascienden la comprensión de la mente humana.
Cristo confió a los Apóstoles la misión de predicar el Evangelio. Ellos, inspirados por el Espíritu Santo, transmitieron de palabra y por escrito el Acontecimiento de la Salvación. La Iglesia contempla la acción de Dios en la Tradición de los Apóstoles a los Obispos, y en la Sagrada Escritura. El cristiano ha de saber que la fe de la Iglesia da cuenta de que la forma y el fondo del Libro corresponden a una convicción. Los redactores no hacían un reportaje, sino una profesión de fe. Profesión destinada a suscitar la fe del oyente fiel Asistida por el Espíritu Santo, la Iglesia avanza en la comprensión de la predicación apostólica, expresada principalmente en los Libros Sagrados y en las palabras y cosas que han llegado hasta nosotros a las que llamamos Tradición. A unos y a las otras, las recibimos con igual piedad y reverencia. Tradición y Escritura constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia. Adhiriéndose a ese depósito, el Pueblo de Dios persevera en la enseñanza de los Apóstoles. Principalmente, viviendo la misma vida de la Iglesia, participando en su culto divino, de los sacramentos, oyendo su predicación y difundiendo su doctrina con nuestro testimonio de caridad. De esta forma, Dios que habló en el pasado, continúa hablando por medio de la Iglesia y del Espíritu Santo. El Magisterio de la Iglesia, servidor de la Palabra de Dios, tiene confiado el oficio de interpretaría, tanto escrita como transmitida. La Iglesia considera inspirados por Dios todos los libros canónicos, que, aun estando escritos por hombres, enseñan con certeza y sin error las verdades que Dios quiso revelarnos para nuestra salvación. Dios se sirvió, para comunicarse con nosotros, de unos hombres de cultura determinada por el espacio y el tiempo. Es función de los exégetas investigar y determinar lo que éstos quisieron significar, suministrando los datos precisos para que madure el juicio de la Iglesia, a la cual, en última instancia, está confiada la recta interpretación de la Palabra de Dios.
En la Escritura, por consiguiente, se manifiesta la condescendencia de Dios, que ha tomado las palabras humanas como el Verbo tomó la naturaleza del hombre.
En algunas imágenes que muestran a la Virgen con el Niño en brazos, aparece dicha figura de la Madre de Dios representando, de una manera plástica, esta doble manifestación de la condescendencia divina. María, en pie, sostiene en sus brazos las dos formas de la Revelación del Verbo. En un brazo mantiene a su Hijo-Niño y, en el otro, reverentemente cubierto con un velo, sostiene el Libro Sagrado. Es María, la Madre de la Iglesia, que presenta a los hombres, para su salvación, al Verbo hecho carne y al Verbo hecho palabra humana escrita. El pan de la predicación y el pan de la Eucaristía repartidos en la celebración litúrgica.
La Sagrada Biblia está dividida en dos partes que se llaman: Antiguo y Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento está ordenado a preparar y a anunciar la venida del Mesías. Éste, en cierto modo, está latente en el “protoevangelio”, anuncio de salvación mediante la derrota de la Serpiente. Jesús es la clave de interpretación del Antiguo Testamento. Como dice san Agustín: “El Antiguo Testamento no es otra cosa que el Nuevo, cubierto por un velo, y el Nuevo no es otra cosa que el Antiguo, desvelado.” O dicho con el hexámetro de Suger, colocado como leyenda de un medallón de vidriera en la Catedral de Saint-Denis: “Quod Moyses velat, Christi doctrina revelat.”
El Nuevo Testamento es la eminente manifestación de la Palabra de Dios. Cristo manifestó a su Padre y a Sí mismo, a los Apóstoles, para que predicasen el Evangelio y congregasen la Iglesia. Los cuatro evangelios son de origen apostólico y transmiten fielmente la vida, las obras y la doctrina de Cristo que los evangelistas recogieron, iluminados por el Espíritu Santo, de la boca de los Apóstoles o de otros testigos. El Nuevo Testamento se completa con las cartas de san Pablo y otros escritos apostólicos.
Juntamente con la Tradición, la Sagrada Escritura es regla suprema de la fe. Por eso es fuente principal de la vida religiosa y eclesial, pues ella rige la predicación y la liturgia, y da apoyo y vigor a la vida espiritual.
Movida por la convicción de la necesidad que tienen los fieles de alimentarse con la Sagrada Escritura, la Iglesia se preocupa y se ha preocupado de que puedan acceder fácilmente a ella, y ha adoptado y honrado las varias traducciones de la Antigüedad, y alienta la publicación de otras más recientes. Pero el fiel lector no se ha de contentar con una lectura escueta de la Biblia. Necesita, además, hacer un esfuerzo para penetrar más y más en su sentido. Para su provecho espiritual le conviene consultar aquellos comentarios de los Padres de la Antigüedad cristiana y de los Santos de la Iglesia, que tan sabrosos frutos sacaron de la lectura asidua de la Palabra de Dios, y los consignaron en obras literarias que mantienen su vigor docente.
El Concilio Vaticano II exhorta a todos los cristianos a la lectura y al estudio de la Palabra Divina, para que siendo ésta más conocida y venerada, juntamente con la Eucaristía, “se dé esperanza cierta de un nuevo impulso para la vida espiritual de la Iglesia”. Hoy en día se publican obras muy valiosas que tratan del contexto histórico-bíblico, para ayudar al devoto lector a situarse en el lugar, tiempo y cultura en los que se formó la Sagrada Escritura.
Nosotros hemos de corresponder a ello aplicando toda nuestra capacidad de comprensión para saber lo que Él quiere decirnos. Nos tendríamos que hacer con todo el saber de los estudios bíblicos para llegar a extraer todo el sentido de un texto. Pero no siendo esto posible, el esfuerzo continuado de una lectura atenta y piadosa producirá sus frutos. La pedagogía divina que conduce al creyente desde el Antiguo al Nuevo Testamento, consiste principalmente en una educación de la fe. San Pablo dice que “la Ley fue nuestro pedagogo hasta la llegada de Cristo” (Gálatas III:24). La Revelación ha llegado a través de una historia llena de peripecias dramáticas, de una literatura que, a pesar de su carácter sagrado, no suprime las variedades muy humanas. Pero, paso a paso, va revelando un desarrollo de las creencias –la fe de Israel– en el que la admirable pedagogía de Dios deja notar su rastro. Desde el Génesis hasta Jesucristo es una ascensión penosa, por un camino difícil, que, lo mismo que sucede en las escaladas, tiene su premio en el panorama. Entonces vemos que la venida de Jesucristo corona una revelación madurada muy ampliamente. Ilumina el sentido profundo de los acontecimientos, las instituciones, los textos que preparaban la manifestación final de su misterio. El Nuevo Testamento es el florecimiento supremo de la única Revelación. En su conjunto puede parecer un libro de historia, pero no nos engañemos, el progreso de la Revelación no se parece a la evolución de las ideas humanas que se nota en la historia de las civilizaciones. En todo momento tiene como fuente la Palabra de Dios, transmitida por sus enviados. Eso se hace al ritmo que Dios le imprime, dirigiendo soberanamente el curso de los acontecimientos. Es una historia diferente de las demás historias. Es, paso a paso, la educación espiritual de los hombres, efectuada por el mismo Dios.
Los poetas suelen sentir profundamente el valor religioso de la Biblia. Descubren en ella a Dios que se revela a sí mismo hablando al hombre. Paul Claudel dice en su libro Un poeta mira a la Cruz:
“Si la Biblia es verdaderamente la Palabra de Dios, con qué total respeto, con qué ferviente atención, con cuánto ingenio tendremos que aportar los esfuerzos y las resonancias favorables para estudiar su intención. Qué dicha, estar a los pies del Verbo y escuchar con toda el alma y la inteligencia lo que nos habla esta boca. No son ja los archivos de la tierra que están puestos a nuestra disposición para explorarlos, bien o mal, con la piqueta del minero y los frascos del químico. Es la historia del Universo, bajo el punto de vista del mismo Dios. En vez de un caos de acontecimientos que condicionan una explicación titubeante y oscura, nos da el sentido mismo que atrae y armoniza los acontecimientos y coordina las causas segundas en una enseñanza continua. Es el mismo Dios que, con una mano, modela la materia y el despliegue de su creación y, con la otra, se digna explicárnoslo, a su manera, que es diferente de la nuestra.”
–Luis Serrallach, presbítero.






