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Santos Patronos y Protectores Celestiales.
El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado al prójimo. –Papa Benedicto XVI.
La palabra santo significa santificado o consagrado y se usó por primera vez en el Antiguo Testamento. En los albores del cristianismo, el Nuevo Testamento describió a los santos como los seguidores de Jesucristo y sus enseñanzas. Después de la muerte y resurrección de Cristo, se empezó a describir a los santos como aquellos que eran martirizados por sus creencias cristianas.
En la Edad Media la veneración de los santos alcanza un gran auge, y aparecen los santuarios como lugar de concentración de fieles, las especializaciones devocionales dedicadas a algunos santos para acudir a ellos en determinadas necesidades y la búsqueda de reliquias. En el siglo IV se añadió el culto a los obispos que sobresalieron por la santidad de su vida y, muy pronto, también el de los anacoretas y otros fieles que con su vida de austeridad imitaron de algún modo a los mártires.
Así, los santos fueron personas extraordinarias que basaron su vida en principios sacros. Dios les concedió virtudes que llevaron a la práctica imitando a Nuestro Señor Jesucristo a través de una vida que se caracterizó por el cumplimiento en su vida del amor a Dios. Comprendieron el mensaje de Dios y las palabras de Jesús y la importancia de fortalecer el espíritu y sanar el alma. Manifestaron sin retraimiento ser iluminados por un amor arrebatador y se atrevieron a manifestarlo.
El culto a los santos es el acto reverencial que se tributa a personas destacadas por la perfección cristiana de sus vidas, que han fallecido ya y que han sido propuestas a la veneración de los fieles, por aclamación popular, por decreto pontificio de beatificación o de canonización.
La teología distingue bien entre el culto que se rinde a los santos, a Cristo y a Dios. Los santos son mediadores por Cristo ante el Padre y existe una jerarquía. Desde el Segundo Concilio de Nicea viene llamándose dulía o veneración al culto que se da a los santos; y latría o adoración, el que se tributa a Dios. A la Virgen María se le reserva la hiperdulía, que es una veneración superior.
En virtud de que los santos están en Cristo y gozan de sus bienes espirituales, los santos patronos son aquellos que son capaces de interceder a favor de la humanidad en circunstancias específicas y son un medio espiritual para quien sufre las numerosas tribulaciones de la existencia.
En la mayor parte de la vida de los santos, la historia y la leyenda están íntimamente mezcladas y con frecuencia existe un vínculo entre el santo y su patronazgo. Por ejemplo, san Lorenzo, quien murió martirizado en una parrilla, lo convierte en el patrono de los cocineros. En la designación del patronazgo contra las enfermedades, la influencia del nombre de los santos a veces se manifiesta de la manera más ingenua y patente; así, a santa Clara o santa Lucía, les invocan quienes padecen de los ojos.
Conocer la vida de los santos es una experiencia siempre interesante que enseña sobre la condición humana, sus fortalezas y debilidades. ¿Por qué no encomendarse a ellos? En un mundo como hoy, que exalta los antivalores, entregarse a los santos es un recurso indispensable.
El ejemplo de los santos es un aliento para seguir sus mismos pasos y a experimentar la alegría de confiar en Dios, pues la única causa de tristeza y de infelicidad para el hombre se debe al hecho de vivir lejos de Él.






